Debí haber adivinado que esa preocupación temerosa y un punto lúgubre que le entró por el futuro y de la que les hablaba en la anterior anotación no era motivada por los apuros que están sufriendo, casi por sorpresa, sus amigas de pandi. Sí, debí haberlo adivinado en el titubeo de su voz y en aquella incertidumbre que flotaba al final de sus frases; más aún, tratándose de una mujer como ella, tan parca y diligente, que le gusta ir a la cosa misma y sin grandes rodeos, salvo en los caprichos, donde puede demorarse eternidades y hasta permitirse negligencias de sonrojo —pongamos por caso, servidor de ustedes—.
Pero como siempre estoy en Babia, no sospeché nada, así que cuando la otra tarde regresó más temprano de lo habitual de su oficina y me soltó la noticia a bocajarro y con una sonrisa beatífica, tuve que sentarme, beberme dos vasos cumplidos de agua y acopiar aire como un velocista exhausto para poder, al menos, comenzar a digerirla. Ya lo habrán supuesto: se ha quedado embarazada.
Y mientras a mí se me derrumbaba el mundo estruendosamente con un vaso de agua en la mano como única certeza, ella tomaba el teléfono y comenzaba a propalar la noticia entre los familiares y amigos que, para mi absoluto estupor, insistían en que me pusiese también al aparato para felicitarme por mi inminente paternidad.
Por supuesto, correspondía a los agasajos con eso de que yo también estaba muy contento, pero se los juro, lo hacía con una sonrisa estreñida y unas inmensas ganas de escapar al cine más cercano y solitario para disolverme en el argumento del último dramón. Lo malo es que ya ni hay cines de barrio ni se hacen películas de mucho llorar; así que no disponía ni de un mal refugio donde recapacitar qué iba ser de mí. En tanto, se desataba un estrépito de felicidad a mi alrededor: a mi madre le agarró un llantina entre hipos de emoción, sus papás se presentaron de inmediato con una botella de champán, su hermano y su cuñada, otro tanto, y los sobrinitos, también, y dando saltos de alegría, y al día siguiente las chicas Telva le organizaron una merienda de celebración y yo, ahí, totalmente desvalido ante el porvenir y con la urgente necesidad de buscarme un oficio presentable, porque esto de ser amante ocioso no se conjuga ni por el reverso con lo que espera un crío de chupete y seriecín, como su señora mamá, de ese tipo del rincón que le ha correspondido como padre.
Así que, lectores míos, estos cuadernos tocan a su fin por el imperativo inexcusable de la vida; adiós y muchas gracias por sus lecturas.
Adenda de despedida:
Han sido 52 anotaciones, una por semana (salvo tres faltas, por cuestiones técnicas, que he recuperado debidamente), eso suma un año completo, durante el que me han acompañado en este ejercicio literario, titulado Los cuadernos de un amante ocioso. Les estoy muy agradecido por recibirme cada semana, por esos 479 seguidores (más de 9 por anotación), por esas más de 40.000 visitas (casi 800 por anotación, no está mal del todo), y por esos más de 12 comentarios de media por anotación, y por sus correos afectuosos y estimulantes; sinceramente, por todo ello, les estoy muy agradecido y les quedo en una muy merecida deuda.
Ah, mantendré abierto el blog un mes o mes y medio para los que quieran repasarlo o divulgarlo. Gracias de nuevo y adiós.
miércoles, 4 de abril de 2012
miércoles, 28 de marzo de 2012
Ese incierto porvenir
Estamos ya pisando la primavera y cualquiera lo diría, porque cunde por las calles una silenciosa decepción que te penetra al menor descuido. Basta con que, al pasar, atisbes los bares vacíos y con los camareros mirando aburridamente el televisor, o esas tiendecitas de decoración o de complementos anunciando que lo liquidan todo por cierre inminente, o los carteles que cuelgan de este o aquel balcón proclamando su disponibilidad para un alquiler o para lo que se tercie. Y el paisanaje, claro, como el paisaje: cabizbajo y abrumado por sus tribulaciones.
Al punto que Sita —de la que nada les cuento hace ya tantas anotaciones— se ha dado de baja de aquella masajista carísima de las piedras calientes y los barros milagrosos, y del fantástico viaje de Semana Santa no quiere ni oír hablar, y en cuanto al resto de las chicas Telva, casi al mismo renqueante compás: la que no tiene al propio al borde del despido, tiene enormes problemas para acortar sus gastos sin que a su hogar le crujan los goznes.
Tanto es así que su cena de los jueves, en lugar de ser aquel tráfago de chismes divertidos y aquel prontuario sobre las últimas ofertas chic de Madrid, ha devenido en un catálogo de problemas domésticos, apuros inesperados y visitas a médicos de familiares y conocidos; en fin, más o menos como lo era, en mi infancia de pueblo, la mesa camilla de mi abuela, por donde pasaban, a media tarde, las señoras del lugar para comentar sus achaques y desengaños, al trasluz mortecino de los visillos. Y, por supuesto, la copa con que se agasajaban tras la cena, en el Cock o en La Turba o en cualquier otro de esos sitios para ver y dejarse ver, hace semanas que desapareció, de modo que, los jueves, ella regresa antes de lo previsto y un poco alicaída por todo lo escuchado. Y claro, no puede menos que desahogarse contándome los apuros de su pandi mientras se desviste, hasta que este último, se detuvo y, contristada, me preguntó:
—¿Y si se me torcieran las cosas? ¿Qué haríamos?
—¡Mujer! —exclamé un poco sobrecogido— Es que…
—No te alarmes, no hay motivos. Sólo que, tal y como pinta la situación, puede suceder de improviso y entonces…
—Ah, en ese caso cogemos el portante y nos instalamos en una de mis adoradas islas griegas a criar cabras, o si se tercia y visto el panorama, a levantar la barricada.
—A levantar la barricada o criar cabras… Mi vida, ¿no podría ser a una cosa un poco menos heroica como, por ejemplo, abrir una boutique de marca para turistas?
Al punto que Sita —de la que nada les cuento hace ya tantas anotaciones— se ha dado de baja de aquella masajista carísima de las piedras calientes y los barros milagrosos, y del fantástico viaje de Semana Santa no quiere ni oír hablar, y en cuanto al resto de las chicas Telva, casi al mismo renqueante compás: la que no tiene al propio al borde del despido, tiene enormes problemas para acortar sus gastos sin que a su hogar le crujan los goznes.
Tanto es así que su cena de los jueves, en lugar de ser aquel tráfago de chismes divertidos y aquel prontuario sobre las últimas ofertas chic de Madrid, ha devenido en un catálogo de problemas domésticos, apuros inesperados y visitas a médicos de familiares y conocidos; en fin, más o menos como lo era, en mi infancia de pueblo, la mesa camilla de mi abuela, por donde pasaban, a media tarde, las señoras del lugar para comentar sus achaques y desengaños, al trasluz mortecino de los visillos. Y, por supuesto, la copa con que se agasajaban tras la cena, en el Cock o en La Turba o en cualquier otro de esos sitios para ver y dejarse ver, hace semanas que desapareció, de modo que, los jueves, ella regresa antes de lo previsto y un poco alicaída por todo lo escuchado. Y claro, no puede menos que desahogarse contándome los apuros de su pandi mientras se desviste, hasta que este último, se detuvo y, contristada, me preguntó:
—¿Y si se me torcieran las cosas? ¿Qué haríamos?
—¡Mujer! —exclamé un poco sobrecogido— Es que…
—No te alarmes, no hay motivos. Sólo que, tal y como pinta la situación, puede suceder de improviso y entonces…
—Ah, en ese caso cogemos el portante y nos instalamos en una de mis adoradas islas griegas a criar cabras, o si se tercia y visto el panorama, a levantar la barricada.
—A levantar la barricada o criar cabras… Mi vida, ¿no podría ser a una cosa un poco menos heroica como, por ejemplo, abrir una boutique de marca para turistas?
jueves, 22 de marzo de 2012
Todo un talento
Decía don Camilo José Cela que este país es muy escandalizable, y en consecuencia, se daba con premeditada mala leche a encampanar a la mitad de España y a matar de la risa a la otra mitad con el cabreo de los anteriores. Tales mañas, naturalmente, le procuraban estar en boca de todos para su saludable y muy morigerada popularidad. Pero éste no es el caso de mi amigo Javier Krahe y del dichoso cortometraje que ha encalabrinado tanto a una de esas asociaciones de propensos al sofoco y a la patarata como para que lo sienten de nuevo en el banquillo dentro de dos meses. Y ya llevan así un par de años, de juzgado en juzgado y de instancia en instancia.
Y les digo que no es el caso porque Javier Krahe, sólo a regañadientes, nos ha contado los pormenores de este enojoso asunto en la tertulia del Café Estar. Y, por supuesto, no quiere ni oír hablar de actos de desagravio ni de manifestaciones a la puerta de los tribunales; al contrario de algunas otras eminencias de nuestra cultura y de nuestra política que estarían encantadas de hallarse en un brete así, para disponer de la indispensable excusa con que recorrer emisoras y periódicos, donde presentarse como ultrajados mártires de la libertad, montar a continuación la plataforma de apoyo y concluir todo el fasto con una manifestación, frente a la audiencia, de amistades y allegados, tras doliente pancarta.
No, a Javier, su hidalguía antigua le prohíbe esas artimañas oportunistas y, encima, de persecuciones está curtido desde hace más de dos décadas, cuando un Presidente del Gobierno, al que sacó los colores con una de sus canciones, lo vetó en televisiones y tablados oficiales. Por eso, este otro asunto del cortometraje resucitado de un olvido de hace treinta y cuatro años parece, a veces, que nos duela más a los amigos que a él mismo, al punto que anoche, al oírmelo lamentar, ella me dijo:
—Pero, mi vida, ¿el valor de un hombre no se mide por la altura y diversidad de sus enemigos?
—Sí, eso dicen, aunque… —le respondí cariacontecido.
—¿Y Javier no ha conseguido con ingenio enfurecer al poder, tanto de un signo como del otro? —insistió arqueando una ceja.
—Desde luego, eso parece…
—Pues, monín, algo así sólo está al alcance de los talentos. De modo que yo, de vosotros, en lugar de andar quejándome, organizaría la cuestación para cuando haya que erigirle un monumento en el Retiro.
—¿Dónde la Casa de fieras? —le pregunté con una ilusión rescatada.
—En efecto, donde la Casa de fieras.
Y les digo que no es el caso porque Javier Krahe, sólo a regañadientes, nos ha contado los pormenores de este enojoso asunto en la tertulia del Café Estar. Y, por supuesto, no quiere ni oír hablar de actos de desagravio ni de manifestaciones a la puerta de los tribunales; al contrario de algunas otras eminencias de nuestra cultura y de nuestra política que estarían encantadas de hallarse en un brete así, para disponer de la indispensable excusa con que recorrer emisoras y periódicos, donde presentarse como ultrajados mártires de la libertad, montar a continuación la plataforma de apoyo y concluir todo el fasto con una manifestación, frente a la audiencia, de amistades y allegados, tras doliente pancarta.
No, a Javier, su hidalguía antigua le prohíbe esas artimañas oportunistas y, encima, de persecuciones está curtido desde hace más de dos décadas, cuando un Presidente del Gobierno, al que sacó los colores con una de sus canciones, lo vetó en televisiones y tablados oficiales. Por eso, este otro asunto del cortometraje resucitado de un olvido de hace treinta y cuatro años parece, a veces, que nos duela más a los amigos que a él mismo, al punto que anoche, al oírmelo lamentar, ella me dijo:
—Pero, mi vida, ¿el valor de un hombre no se mide por la altura y diversidad de sus enemigos?
—Sí, eso dicen, aunque… —le respondí cariacontecido.
—¿Y Javier no ha conseguido con ingenio enfurecer al poder, tanto de un signo como del otro? —insistió arqueando una ceja.
—Desde luego, eso parece…
—Pues, monín, algo así sólo está al alcance de los talentos. De modo que yo, de vosotros, en lugar de andar quejándome, organizaría la cuestación para cuando haya que erigirle un monumento en el Retiro.
—¿Dónde la Casa de fieras? —le pregunté con una ilusión rescatada.
—En efecto, donde la Casa de fieras.
miércoles, 14 de marzo de 2012
La temeridad eslava
Es tan conocido que las expediciones comerciales extranjeras sienten una curiosidad de parvulario por los espectáculos castizos —a saber: los toros y las zambras flamencas— que, por la calle, circula un puñado de anécdotas a cuál más rocambolesca y ejemplar. Naturalmente, la palma se la llevan siempre los japoneses que, con su escrupulosa y contenida manera de presenciarlos, los elevan a poco menos que a ceremonias académicas. No obstante, desde la caída del Muro, la Globalización y demás jalones de la reciente historia, por aquí recibimos, amén de yanquis, alemanes y nipones, a chinos, vietnamitas, indios y hasta rusos; y si los primeros —salvo que los metas en el casino de Torrelodones— son el colmo de la opacidad, los últimos, los eslavos, son de una temeridad de susto.
Para muestra, lo de este fin de semana con un cliente suyo —no del mismo Moscú, sino de muy cerquita—, que se empeñó en vivir una capea. Y ya me tiene a mí —a quién, con el mayor de los desparpajos, ella le endosó el encargo— buscando una ganadería para montar el sarao —comida campera inclusive— y, eso sí, a puerta cerrada y sin reparar en gastos.
En fin que el domingo, envueltos por esta primavera anticipada que nos mima, estábamos en mitad del coso el mayoral y servidor, intentando inculcarle a don Igor las nociones básicas del pase natural y su correspondencia con el de pecho. Ella, por supuesto, vigilaba desde el burladero cualquier percance. Cuando ya el millonario pareció haber entendido todo, soltamos la becerra. El mayoral le metió un par de lances de recibo y se la dejó en suertes, y para allá que fue el ruso predispuesto a recibirla con un ayudado por alto, que no fue sino un mal mantazo, pero cuando se terció para el natural, grité:
—¡Lo coge!—Y, zas, don Igor por las nubes.
El costalazo sonó tan horrible que ella, al presentir que acababa de hacerse también trizas su contrato con Moscú, se me desvaneció encima.
Pero no hubo de qué alarmarse, porque cuando don Igor salió del dispensario —eso sí, entre muletas y con pinta de Boris Karloff en La momia—, estaba dispuesto a montar capeas desde San Petersburgo a Vladivostok, comprar un par de camadas de erales y llevarnos al mayoral y a mí como “monitores”, bajo un contrato que ya lo quisiera para sí Cristiano Ronaldo.
—¿No irás a aceptar? —me susurró intimidada.
—Mujer, ni se me ocurre.
Pero, verán, me acabo de probar la montera que me dedicó don Rafael de Paula y, como no quedo del todo mal, estoy pensando si mi respuesta del domingo no sería un tanto precipitada.
Para muestra, lo de este fin de semana con un cliente suyo —no del mismo Moscú, sino de muy cerquita—, que se empeñó en vivir una capea. Y ya me tiene a mí —a quién, con el mayor de los desparpajos, ella le endosó el encargo— buscando una ganadería para montar el sarao —comida campera inclusive— y, eso sí, a puerta cerrada y sin reparar en gastos.
En fin que el domingo, envueltos por esta primavera anticipada que nos mima, estábamos en mitad del coso el mayoral y servidor, intentando inculcarle a don Igor las nociones básicas del pase natural y su correspondencia con el de pecho. Ella, por supuesto, vigilaba desde el burladero cualquier percance. Cuando ya el millonario pareció haber entendido todo, soltamos la becerra. El mayoral le metió un par de lances de recibo y se la dejó en suertes, y para allá que fue el ruso predispuesto a recibirla con un ayudado por alto, que no fue sino un mal mantazo, pero cuando se terció para el natural, grité:
—¡Lo coge!—Y, zas, don Igor por las nubes.
El costalazo sonó tan horrible que ella, al presentir que acababa de hacerse también trizas su contrato con Moscú, se me desvaneció encima.
Pero no hubo de qué alarmarse, porque cuando don Igor salió del dispensario —eso sí, entre muletas y con pinta de Boris Karloff en La momia—, estaba dispuesto a montar capeas desde San Petersburgo a Vladivostok, comprar un par de camadas de erales y llevarnos al mayoral y a mí como “monitores”, bajo un contrato que ya lo quisiera para sí Cristiano Ronaldo.
—¿No irás a aceptar? —me susurró intimidada.
—Mujer, ni se me ocurre.
Pero, verán, me acabo de probar la montera que me dedicó don Rafael de Paula y, como no quedo del todo mal, estoy pensando si mi respuesta del domingo no sería un tanto precipitada.
jueves, 8 de marzo de 2012
Un falso rumor
Con todos estos trajines de la operación de su padre, del estelar tránsito de su tía Lula por ARCO y de mi torpe afán por celebrar nuestro aniversario, se me había olvidado contarles que, hace cerca de un mes, corrió entre los altos mentideros de Madrid —más o menos cuando se destapó el pastelón del déficit sin fondo del país— que a ella la iban a nombrar, de un día para otro, Secretaria de Estado para la componenda del monumental estropicio. No sé a ciencia cierta a quien se le ocurrió semejante bulo —aunque tenga mis candidatos y ella, naturalmente, los suyos—, pero si sé que viví una semana de absoluto trastorno. El teléfono no es que sonara, es que se quedó afónico durante el primer día, y el de su oficina, ni les cuento, y mientras, servidor, dando apurados desmentidos a troche y moche, unas veces en calidad de mayordomo y otras, en la de primo recién llegado para una delicada gestión, aunque, la verdad, ni una ni otra cosa importasen un bledo a los interlocutores, cuyo paladino y común empeño era dejar constancia de su nombre, su cargo y su anticipadora felicitación a la futura y “muy brillante” Secretaria de Estado.
Y como una mentira cien veces repetida acaba tomando visos de certeza, llegó un punto en que yo mismo dudé si no se escondería en todo aquel cúmulo de llamadas un tastillo de verdad. Y claro, de inmediato se me presentaron cientos de problemas. El primero y principal era cómo se lo tomarían, de confirmarse la falsa habladuría, mis amigos del Café Estar; es decir, si tendría que poner mesa aparte para recibir peticiones o bien, como manda la hidalga tradición castiza, empezarían a mirarme de costadillo, por no decir que me retirarían la palabra para los restos por emboscado y soplón de los conservadores. En fin, que no llegué a saberlo nunca porque con la misma premura que se levantó el rumor, a los cinco o seis días se desvaneció sin dejar la menor huella hasta este fin de semana, cuando, por celebrar ese olvidado aniversario del que les hablaba en la anotación pasada, nos fugamos a un hotelito “con encanto”.
En efecto, allí nos encontrábamos, yo jugando con el mando del televisor y ella secándose el pelo de la ducha; entonces, me dijo coquetuela:
—¿Te imaginas que me hubiesen nombrado Secretaria de Estado?
—Uff, menudo trastorno… —Le respondí.— Siendo como son éstos del gobierno, por lo pronto, tendríamos que casarnos y, luego, mil cosas más por el estilo; así que más vale olvidarlo.
Por un momento empalideció y luego, mirándome fijamente, asintió:
—Sí, mejor lo olvidamos para siempre.
Y como una mentira cien veces repetida acaba tomando visos de certeza, llegó un punto en que yo mismo dudé si no se escondería en todo aquel cúmulo de llamadas un tastillo de verdad. Y claro, de inmediato se me presentaron cientos de problemas. El primero y principal era cómo se lo tomarían, de confirmarse la falsa habladuría, mis amigos del Café Estar; es decir, si tendría que poner mesa aparte para recibir peticiones o bien, como manda la hidalga tradición castiza, empezarían a mirarme de costadillo, por no decir que me retirarían la palabra para los restos por emboscado y soplón de los conservadores. En fin, que no llegué a saberlo nunca porque con la misma premura que se levantó el rumor, a los cinco o seis días se desvaneció sin dejar la menor huella hasta este fin de semana, cuando, por celebrar ese olvidado aniversario del que les hablaba en la anotación pasada, nos fugamos a un hotelito “con encanto”.
En efecto, allí nos encontrábamos, yo jugando con el mando del televisor y ella secándose el pelo de la ducha; entonces, me dijo coquetuela:
—¿Te imaginas que me hubiesen nombrado Secretaria de Estado?
—Uff, menudo trastorno… —Le respondí.— Siendo como son éstos del gobierno, por lo pronto, tendríamos que casarnos y, luego, mil cosas más por el estilo; así que más vale olvidarlo.
Por un momento empalideció y luego, mirándome fijamente, asintió:
—Sí, mejor lo olvidamos para siempre.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Ilusiones y desengaños
Hace un par de semanas y revolviendo por los cajones del escritorio, encontré la invitación a la fiesta donde nos conocimos y desde donde salimos para esta casa, de la que nunca, hasta hoy, he pensado en sacar, sino en meter a trozos mi biografía. Y de esa fiesta y esa noche hacía ayer exactamente un año: “algo digno de celebrarse”, me dije con una silenciosa ilusión. Pero, qué casualidad, también ayer debía llevar el auto al concesionario para que le hiciesen una revisión general.
Normalmente, lo hace ella que para eso es suyo, pero como se encontraba de nuevo en Varsovia, ya me tienen allí, aguardando en una sala de espera a que un tipo con gafas, bata de un blanco impoluto y apellidos plastificados en el pecho viniera a darme el diagnóstico. Entretanto, me fui poniendo al día de las bodas del mes, de algún que otro interior hogareño de puro empalago y de las confidencias de una distinguida damisela que, corta de cuartos y ávida de protagonismo, acababa de sacar a subasta las impudicias de su familia y… Apareció el sujeto con que al coche no le pasaba nada que nos supiera ya “la señora”. Y con “la señora” para arriba y para bajo continuó hasta arruinarme el último gramo de virilidad, momento elegido para que firmase el conforme y “adiós muy buenas y saludos a la señora”.
—De su parte, caballero —fue cuanto pude morder antes de encender el contacto bufando maldiciones.
En cuanto me rehice calculando cuál sería la hora más oportuna para anunciarle el aniversario y escuchar la mar divertido como su vanidad se disfrazaba de coqueta indiferencia, sonó el teléfono. Era Octavio proponiéndome que lo acompañara al Matadero, para ayudar a Enrique Cavestany a montar su exposición. No pude negarme, naturalmente. Y en eso y en las cervecitas de festejo por la provechosa tarea pasé la tarde hasta que regresé a casa, con la noche ya abatida sobre Madrid y el teléfono clamando desde la puerta del ascensor.
—¿Por qué jadeas?
—Por el carrerón para alcanzar tu llamada —le respondí, e iba a proseguir con lo divertido que lo había pasado donde Enrique, cuando me interrumpió:
—¿No tienes algo importante que decirme? —Las entrañas me dieron un vuelco y me quedé absolutamente en vilo pensando que también ella se había acordado del aniversario, cuando me preguntó:— Pero, hombre, ¿qué te han dicho del coche?
Normalmente, lo hace ella que para eso es suyo, pero como se encontraba de nuevo en Varsovia, ya me tienen allí, aguardando en una sala de espera a que un tipo con gafas, bata de un blanco impoluto y apellidos plastificados en el pecho viniera a darme el diagnóstico. Entretanto, me fui poniendo al día de las bodas del mes, de algún que otro interior hogareño de puro empalago y de las confidencias de una distinguida damisela que, corta de cuartos y ávida de protagonismo, acababa de sacar a subasta las impudicias de su familia y… Apareció el sujeto con que al coche no le pasaba nada que nos supiera ya “la señora”. Y con “la señora” para arriba y para bajo continuó hasta arruinarme el último gramo de virilidad, momento elegido para que firmase el conforme y “adiós muy buenas y saludos a la señora”.
—De su parte, caballero —fue cuanto pude morder antes de encender el contacto bufando maldiciones.
En cuanto me rehice calculando cuál sería la hora más oportuna para anunciarle el aniversario y escuchar la mar divertido como su vanidad se disfrazaba de coqueta indiferencia, sonó el teléfono. Era Octavio proponiéndome que lo acompañara al Matadero, para ayudar a Enrique Cavestany a montar su exposición. No pude negarme, naturalmente. Y en eso y en las cervecitas de festejo por la provechosa tarea pasé la tarde hasta que regresé a casa, con la noche ya abatida sobre Madrid y el teléfono clamando desde la puerta del ascensor.
—¿Por qué jadeas?
—Por el carrerón para alcanzar tu llamada —le respondí, e iba a proseguir con lo divertido que lo había pasado donde Enrique, cuando me interrumpió:
—¿No tienes algo importante que decirme? —Las entrañas me dieron un vuelco y me quedé absolutamente en vilo pensando que también ella se había acordado del aniversario, cuando me preguntó:— Pero, hombre, ¿qué te han dicho del coche?
miércoles, 22 de febrero de 2012
Aspiraciones artísticas
De sobra sabe que suelo darme un paseito por ARCO, casi siempre en compañía de Federico y, alguna vez, con Óscar Ladoire. Más que nada, lo hacemos por poner las retinas al día de “por dónde va el arte”, aunque luego me traiga en la memoria dos o tres piezas de alborotarme el corazón. Y mientras ese prodigio sucede, visitamos el stand de nuestra amiga Marta Cervera, nos tomamos una cañita con su marido, Agustín Cerezales, y hasta nos encontramos con algún conocido de esos que se perdió por los calendarios; en fin, que suele resultar una jornada tan encantadora como edificante. Sólo que este año nos incluyó a capón a una tía segunda suya, registradora de la propiedad.
Y aunque nos previniera con aquello de que “es una estrafalaria inaguantable”, se quedó muy corta con lo que Federico y servidor nos encontraríamos a las diez y diez de la mañana bajo un peinado de erizo asustado: a una momia de la XVIII Dinastía embutida en un mono pantera de Java, sobre unos zapatos de cocodrilo en trance psicodélico y envuelta en un astracán de la Guerra del 14. De lo que ya no puedo darles cuenta es de su ropa interior, pero me figuro que sería semejante a un neón de Las Vegas; en cambio, sí puedo relatarles que cuatro horas después habíamos revuelto hasta los fondos unos cuarenta stands sin dar con ese “detallito” que necesitaba para el rincón del salón.
Federico estaba a punto de morderle la yugular y servidor, simplemente, de sacudirle una estrepitosa bofetada, cuando se nos plantó delante un oriental esmirriadín y lambrijo, y en un pésimo inglés, le hizo tal proposición que su faraónica sombra de ojos casi salta en cachitos. Según Federico, consistía en una invitación a una performance, pero yo sólo recuerdo que una de sus uñas verdes purpurina nos indicó la cafetería, mientras ella seguía entusiasmada al chinito hasta el almacén del stand.
Cuando regresamos, un enjambre de fotógrafos rodeaba el taburete de neón rojo desde donde, cubierta apenas con cuatro o cinco serpentines luminosos, erguía su total desnudez ante la feria entera. “Sin aliento”, ponía en una cartela a sus pies. Y tal es como me quedé cuando pensé en la que se me venía encima en cuanto ella regresase de la oficina, enterada de la exhibición de su tía registradora. Sólo que cuando cerró la puerta de casa, y antes incluso de que me excusara, me gritó:
—Mi vida eres un cielo; mira que convertir a mi tía Lula en lo que más ansiaba: en una obra de arte.
Y aunque nos previniera con aquello de que “es una estrafalaria inaguantable”, se quedó muy corta con lo que Federico y servidor nos encontraríamos a las diez y diez de la mañana bajo un peinado de erizo asustado: a una momia de la XVIII Dinastía embutida en un mono pantera de Java, sobre unos zapatos de cocodrilo en trance psicodélico y envuelta en un astracán de la Guerra del 14. De lo que ya no puedo darles cuenta es de su ropa interior, pero me figuro que sería semejante a un neón de Las Vegas; en cambio, sí puedo relatarles que cuatro horas después habíamos revuelto hasta los fondos unos cuarenta stands sin dar con ese “detallito” que necesitaba para el rincón del salón.
Federico estaba a punto de morderle la yugular y servidor, simplemente, de sacudirle una estrepitosa bofetada, cuando se nos plantó delante un oriental esmirriadín y lambrijo, y en un pésimo inglés, le hizo tal proposición que su faraónica sombra de ojos casi salta en cachitos. Según Federico, consistía en una invitación a una performance, pero yo sólo recuerdo que una de sus uñas verdes purpurina nos indicó la cafetería, mientras ella seguía entusiasmada al chinito hasta el almacén del stand.
Cuando regresamos, un enjambre de fotógrafos rodeaba el taburete de neón rojo desde donde, cubierta apenas con cuatro o cinco serpentines luminosos, erguía su total desnudez ante la feria entera. “Sin aliento”, ponía en una cartela a sus pies. Y tal es como me quedé cuando pensé en la que se me venía encima en cuanto ella regresase de la oficina, enterada de la exhibición de su tía registradora. Sólo que cuando cerró la puerta de casa, y antes incluso de que me excusara, me gritó:
—Mi vida eres un cielo; mira que convertir a mi tía Lula en lo que más ansiaba: en una obra de arte.
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